Maravillosa, toda una obra maestra. Una fotografía en blanco y negro sorprendente. Quizás desde los siete samurias (o quizá alguna otra de Ozu o Mizoguchi) no había visto nada igual. Es voraz, realista, actuaciones sorprendentes por lo naturales de las mismas. ¿Quién coño dijo que los asiáticos sobreactuan? Y que imágenes señores. El viento agitando los juncos en cámara lenta. Ese enigmática máscara, que la he tenido en mente hasta en sueños, ¡Yo quiero una!. Además la historia no tiene desperdicio. Dónde una madre y la esposa de un samurai, roban y matan a otros guerreros desorientados o mal heridos para vender sus armaduras y Katanas por unos tacaños sacos de mijo. Se puede ver la cara más oscura de la guerra sin tan siquiera ver una batalla en toda la cinta.
No sólo es un impresincidible, es una obra total. Una cita obligada con el cine de paladares gourmets y mentes abiertas. Que huya todo aquel que busque cordialidades y obras "baratas" blockbusterianas.